Algo de mi

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Colon, Entre Rios, Argentina
A ver... no tengo forma de describirme. Soy lo que soy. Original, creativa, amante de los libros y las películas. Acá encontraras un popurri de cosas. Entre sentimientos, emociones, enojos y enamoramientos. Hasta el ultimo vídeo que vi y el ultimo libro que leí. Es un poco de mi vida. Un poco de todo y un poco de nada.

17 abr. 2013

Que complicado..

CÓMO HACER FELIZ A UN HOMBRE
1. Darle de comer
2. Dormir con él
3. Dejarlo en paz 
4. No chequear su teléfono (mensajes)
5. No lo molestes por lo que haga
¿Qué tan difícil es eso?

CÓMO HACER FELIZ A UNA MUJER
En realidad no es demasiado difícil, pero... 
Para hacer a una mujer feliz
un hombre sólo necesita ser:
1. un amigo
2. un compañero
3. un amante
4. un hermano
5. un padre
6. un maestro
7. un chef
8. un electricista
9. un plomero
10. un mecánico
11. un carpintero
12. un decorador
13. un estilista
14. un sexólogo
15. un ginecólogo
16. un psicólogo
17. un exterminador de plagas
18. un psiquiatra
19. un curandero
20. un buen oyente
21. un organizador
22. un buen padre
23. muy limpio
24. simpático
25. atlético
26. caliente
27. atento
28. galante
29. inteligente
30. gracioso
31. creativo
32. tierno
33. fuerte
34. que comprenda
35. tolerante
36. prudente
37. ambicioso
38. capaz
39. valiente
40. determinado
41. verdadero
42. confiable
43. apasionado

Sin olvidarnos de:
44. dar cumplidos regularmente
45. ir de compras con ella
46. ser honesto
47. no estresarla
49. no mirar otras mujeres

Y, AL MISMO TIEMPO, TAMBIÉN DEBE:
50. darle mucha atención
51. darle un montón de tiempo,
sobre todo tiempo para sí misma
52. darle mucho espacio, 
53. nunca preguntarle a dónde va.

PERO SOBRE TODO ES MUY IMPORTANTE
54. nunca olvidar: 
* cumpleaños
* aniversarios
* día de San Valentín
* acuerdos que hace.

13 abr. 2013

La muerte del escritor de clase media


Siempre ha sido así, pero ahora el cuento ya no tiene un final feliz. El escritor pasa a ganarse la vida como escritor “cuando empiezan a pagar bien”. Lo dice Juan Marsé (Barcelona, 1933), que cuenta por el teléfono que él no era un escritor de clase media, sino de clase baja. Trabajaba en una joyería de su ciudad natal mientras escribía su primera novela, Encerrados con un solo juguete (1961). Luego llegarían las tareas como mozo de laboratorio, en el departamento de bioquímica celular del Instituto Pasteur en París mientras terminaba la segunda, Esta cara de la luna (1962). Y hasta su consagración con El amante bilingüe 30 años después, es decir, cuando empezaron a pagarle bien, pudo compaginar su vida de escritor con artículos en periódicos, escribiendo guiones de cine, etc.
El escritor en España invierte en paciencia y horas de esfuerzo, y lo combina con un trabajo que le da de comer, pero no le alimenta. Cuando comida y alimento se alinean, cuando puede comer y alimentarse de lo que escribe respira tranquilo. Una vida modesta, con lo justo. Pero las cosas han cambiado en los días en que en España la clase media se desploma. “El albañil pasó de ser clase baja a clase media en los noventa y ahora vuelve a la clase baja. En el campo literario pasa igual. En el siglo XX una parte de los escritores procedían de la clase burguesa y otros de la clase baja, como Juan Marsé” -explica el editor de Periférica Julián Rodríguez (Cáceres, 1968)- “Posteriormente se produjo una normalización en el sistema literario español, como en el modelo francés, en el que un autor podía vivir de su trabajo gracias a las charlas, las conferencias y los artículos. Pero se ha dinamitado completamente la estructura de trabajo literario. La industria cultural fomentada por las instituciones ha desaparecido”.  
Ayer el presidente de la Federación de Gremios de editores de España, Javier Cortés, aclaró que en esencial que se adopten medidas inmediatas para proteger la creación y se evite que “el flujo de bienes culturales decrezca y merme su calidad”. La situación es crítica, como la del país. Sólo el 27,8% de las editoriales pertenecen a grupos empresariales, lo que hace del sector editorial una esfera de pequeñas y medianas empresas. Precisamente, las editoriales que más sufren la crisis económica. Conscientes de ello, el lobby de los editores reclama medidas legislativas y fiscales efectivas para la salvaguarda de la diversidad de autores que aportan estas empresas.
El oasis era un espejismo
La época de los grandes anticipos -el adelanto de lo que le corresponde a un escritor por sus derechos antes de que se vendan- acabó. La industria editorial española ha dejado de ganar en tres años casi 400 millones de euros. Cada temporada se acumula una pérdida del 20% desde hace cinco. Para entendernos: de cada libro vendido a 18 euros, el autor gana poco más de un euro. Para Julián Rodríguez un escritor de clase media es aquel que vende más de 7.000 ejemplares y menos de 30.000. Si añadimos que hoy uno de los libros de los escritores a los que nos referimos vende, en el mejor de los casos, 8.000 ejemplares, la cuenta sale fácil.
Los anticipos han desaparecido y, lo que es peor, los lectores también. “Estamos en manos de una pequeña minoría de lectores”, cuenta Lorenzo Silva (Madrid, 1966), actual Premio Planeta, con la novela La marca del meridiano. “La única esperanza que nos queda es la de tener un colectivo de este tipo que te apoyen”.
Según el último informe de hábitos de lectura y compra de libros, realizado por el Ministerio de Cultura en 2011, el 38,6% de la población española declara no leer libros y sólo el 41,3% de la población lectora de libros lee sólo en su tiempo libre. “El lector español ha perdido el valor por la lectura”, asegura el editor de El Acantilado Jaume Vallcorba (Tarragona, 1949). “Ahora se le ofrecen novelas en una tableta donde lee mensajes, juega a las cartas, mira fotos y escucha música. El entretenimiento ha podido con la lectura y los nuevos dispositivos no han ayudado a frenarlo”, añade.
El desvanecimiento del autor es tan escandaloso que ni siquiera aparece reflejado entre las conclusiones y las recomendaciones a las que han llegado los editores europeos, reunidos durante dos días esta semana en la Casa del Lector de Matadero. No hay ni una sola mención a la pieza que hace mover al engranaje. Y, sin embargo, la crisis económica y de valores no golpea a todos por igual. Quienes se llevan el tortazo más duro son los autores poco vendidos, los autores que no son superventas, los escritores de clase media. Los que han llegado tarde a la fiesta.
Un futuro incierto
Aloma Rodríguez (Zaragoza, 1983), autora de Solo si te mueves (Xordica), por la que ha sido elegida como Nuevo talento FNAC, es de las autoras que llega tarde a la fiesta. Reconoce que en su caso es imposible vivir de las ventas de sus libros. “No sé lo que es un anticipo”. Los escritores han perdido su carrera, la literatura es un pasatiempo, una afición dominical. “El sector parecía tener más reflejos, pero se está derrumbando entero. El valor de tu trabajo lo pone el dinero y no hemos sabido crear un modelo productivo en el que se premie el conocimiento”, añade.   
Hemos tenido mala suerte, ahora no puedes vivir de la literatura”, contesta desde su residencia en París Use Lahoz (Barcelona, 1976), actual Premio Primavera de Novela por El año en que me enamoré de todas (Espasa). El galardón le concedió la mitad de lo que concedía hasta el momento, 100.000 euros. De ahí, entre Hacienda y agentes, se quedará, posiblemente, con unos 20.000 euros. “Un premio no te saca de pobre ni garantiza nada”, explica. Hace años este mismo laurel tenía una dotación de 200.000 euros y la reclamación de Hacienda era menor.
Pero Lahoz camina. Suele escribir una novela cada dos años, algún libro infantil entre tanto, y algo de periodismo. “Mis amigos escritores ninguno vive de la literatura y ahora es peor porque se vende menos”, apunta como responsables el alto precio del libro electrónico y la piratería. En Francia comprueba cómo los autores viven de su obra, gracias a un índice de lectura mayor y a una protección de la cultura propia que no existe en España.
Los últimos privilegiados
“Mi generación vivimos en los ochenta un momento en el que todo cambiaba a nuestro favor” –dice Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960)- “Yo formo parte de la generación de la ola buena y hemos podido vivir durante 25 años de nuestros libros y de contar historias. De repente la realidad ha cambiado y el escritor ya no puede vivir de sus libros”. El Premio Nacional de la Crítica 2011 por el libro El día de mañana (seix Barral) vaticina que la clase media volverá a ser la clase media baja de hace tres décadas.
“La profesionalización que habíamos conquistado ha desaparecido. Volvemos a la situación en que muy pocos escritores van a poder vivir de sus libros; volveremos al escritor de fin de semana, trabajador de lunes a viernes”, señala. Esa situación provocará unos destrozos irreparables, porque afectará a la calidad de los libros. Y dibuja una metáfora para que entendamos que si no puede entregarse en cuerpo y alma a su tarea como escritor, las novelas no serán tan buenas: “Si queremos que un nadador esté en la final de los Juegos Olímpicos tiene que entrenarse todo el tiempo. Si sólo puede hacerlo los fines de semana… no podrá ni clasificarse”,  
Silva ve tres tipos de escritores ante el nuevo paradigma: una pequeña minoría, en la que él se reconoce, que vende libros en papel y también electrónicos, y que llevan una vida modesta de clase media. El segundo grupo es el colectivo de escritores queni siquiera pueden permitirse eso, a pesar de que tienen premios y varios libros publicados. Pero son autores que ya no quieren los editores y que se tienen que autoeditar. “Los que consiguen editor les pagan un anticipo de 3.000 euros”, asegura el autor de la saga de novela policíaca Bevilacqua y Chamorro. Y en la última casta están los que “están en la nada”, tienen un trabajo y escriben en sus ratos libres.
Fuera de estos tres grupos están los Ken FolletJ. K. RowlingE. L. JamesPérez ReverteRuiz Zafón o Federico Moccia. Los demás, han desaparecido: no son rentables, ni siquiera por 1.000 euros por una novela, porque ocupan uno de los cada vez más escasos disparos con los que cuentan los editores. Además, los escritores de clase media vivían de unos anticipos que se pagaban gracias a los beneficios que daban los superventas a sus editoriales y que ya no dan ni por asomo. Ahora da para pagarle a Follet en el mejor de los casos.
Beneficios inhibidos
La cultura está en peligro, el valor de la lectura ha menguado y el de los derechos del escritor es depreciado. Al teclear en el campo de búsqueda de Google la palabra “libros”, el texto predictivo completa la palabra con otra “gratis”. Las páginas de descarga ilegal aparecen con anuncios pagados a la empresa norteamericana. Tampoco ven los autores un solo céntimo de las ganancias de sus obras en Google Books, y se justifica porque muestra sólo fragmentos de los libros… en páginas para las que vende anuncios y no comparte ingreso alguno con los creadores o los editores.
Ni siquiera colabora con el país en el que actúa. Como señala Javier Cortés, la fiscalidad de empresas como Amazon y Google, queda inmune a los impuestos porque tributan en paraísos fiscales. “Eso perjudica a nuestro empleo y a nuestra cultura”, indica. Por eso piden que las nuevas conductas culturales estén reguladas como precisa un Estado de Derecho y que, por el momento, es una labor desestimada.   
“Los escritores han sido desahuciados porque sus derechos han quedado desprotegidos”, sentencia Lorenzo Silva, para quien el cambio tecnológico no quiere decir que la forma natural de leer sea buscar en Google la descarga ilegal: “La única manera de reaccionar del Gobierno es con un penoso proceso administrativo, en vez de con una respuesta penal ante el delito. La Policía debería acceder en 24 horas para acabar con las conductas responsables del efecto devastador”.
El último escollo en el hundimiento del escritor de clase media es otra muerte lenta, la de las librerías. El nuevo panorama no acabará con la necesidad de escribir, ni acabará con el escritor, pero tendrá que volver a salir a buscarse la comida, aunque no le alimente.